Pasión y Fanatismo

Estaba sentado en una cena, conversando con gente de deportes, cuando se generó una interesante discusión. Tres bandos distintos defendían posiciones sobre quién es el más importante para el éxito del deporte.
El bando número uno apoyaba a las dirigencias. Indicaban que sin buenas dirigencias ere imposible que un deporte, un deportista o una institución alcanzara el éxito. Proponían a los dirigentes como los generadores de los procesos necesarios para triunfar.
El segundo grupo decía que el deportista era el más importante. Defendían que sin él (o ella, por supuesto) no habría deporte, no habría competencia, no habría espectáculo. El deportista era planteado como la razón de ser del deporte.
El bando número tres decía que el deportista nunca se podría desarrollar si no contaba con buenos entrenadores. Por lo tanto, tener entrenadores bien preparados sería la piedra angular del éxito de cualquier disciplina.
Yo, como casi cada psicólogo que conozco, guardaba silencio. Hasta que alguien cometió el error de preguntar mi opinión. Les conté que imaginaba que en el país un grupo de empresarios edificaba un gran teatro, contrataba al mejor director del momento, y traía a los más diestros intérpretes para la presentación de una obra monumental. Llegado el día del estreno, las tribunas estaban vacías. ¿Quién sería entonces el más importante?
En el deporte, los fanáticos son vitales. El deporte sin público sería sólo ejercicio físico.
El fanático es el elemento esencial que permite que funcione la sinergia entre dirigentes, deportistas y entrenadores. El deporte debe generar pasiones, y el depositario de esa pasión es el público.
En su pasión, el fanático tiene derecho a modificar la realidad a su antojo, ver sólo lo que quiere ver y nada más. Cualquier argumento, sea justo o no, es válido para justificar su sentimiento. Porque la vida es así, los sentimientos no se justifican.
Con el buen fanático, la pasión fácilmente se convierte en amor eterno. El tiempo casi siempre hará que perdone todo lo malo que haga su favorito. No hay que fijarse demasiado para notar que es más frecuente cambiar de pareja que cambiar de equipo.
Sin embargo, la pasión es de cuidado: genera rivalidades y a veces hasta odios.
No intento justificar cada acto de los fanáticos, pero se entiende que cuando actúan lo hacen llevados por la pasión, no por la razón. Su deber es sentir, vibrar, emocionarse con el deporte. Si bien es verdad que el ser fanático no te da derecho a actuar de forma irresponsable, no se puede juzgar con la misma vara al fanático que al deportista, al entrenador, al equipo de apoyo (que incluye a los padres), al periodista o al dirigente. Para éstos la pasión es un instrumento. Para el fanático la pasión es un fin en sí misma.
Por eso los entrenadores, deportistas, periodistas, familiares y dirigentes deben aprender a manejar su pasión y la del fanático.
Se tiene que ser claro en el manejo de la pasión. Una cosa es operativizarla y otra muy distinta es ser “pecho frío”, carente de pasión. Matarla es una forma de no poder controlarla. Se la tiene que desarrollar y entrenar.
Manejar su pasión es usarla como generador de la energía para alcanzar objetivos. Hay que desear, hay que soñar, y hay que apasionarse por los sueños. Pero eso sólo es parte del trabajo. Los sueños tienen que convertirse en objetivos, y es necesario hacer un plan para alcanzarlos. La pasión es indispensable para mantener vivo el compromiso con los objetivos. En los actores del deporte, la pasión sin objetivos claros y un plan para alcanzarlos es energía pura que se desperdicia.
El público, en cambio, no tiene planes. Allí entran los actores del deporte para dirigir esa pasión. El rendimiento la hace crecer, y sorprendentemente la falta de rendimiento también. El esfuerzo de los actores, bien enfocado, genera y hace crecer la pasión. La falta de compromiso, por otra parte, genera un fuego que se apaga pronto. Las acciones y reacciones del fanático dependen de la pasión.
La otra cara de la medalla es que el deportista y quienes lo rodean no tienen permiso de actuar o reaccionar apasionadamente. Sus juicios y sus actos tienen que ser técnicos y razonados (o al menos intuitivamente dirigidos hacia un objetivo). Los que la tienen más difícil son los padres porque los sentimientos están profundamente involucrados. Tienen que tomar constantemente la dura decisión de ser padres o fanáticos de sus hijos. Los roles son totalmente diferentes y no son compatibles. Uno vive la pasión mientras el otro la operativiza. Se supone que esto no hay que explicarlo a entrenadores y dirigentes, pero no está de más que cada cual dedique unos minutos al día, cada día, para probarse el guante.